Jazz y erotismo, y perdonen la redundancia

Lavinia Ascue contó un relato erótico a ritmo de jazz y el festival cubano de narración oral Primavera de Cuentos se rindió a sus pies con los epítetos menos poéticos del gremio. “Perra, vampiresa”, le decían sus espectadores en las afueras del capitalino teatro Bertold Bretch tras el subyugante relato de Un poco de jazz, que Lavinia contó secundada por el ensemble Blues D Habana.

Como nos gusta el relajo, si hubiera contado otra historia, no estarían así”, me dijo entre abrazos esta educadora de círculo infantil que hace una década quedó fascinada por el viejo arte de contar cuentos.

¿Qué se necesita para hacerlo?, pregunté…“Mucha cara dura”, respondió.

De entrada, le revienta cuando le preguntan por su monólogo… “Esto no es un monólogo, no es ni siquiera teatro: es narración oral. Y para mi es más difícil que la actuación tradicional, porque ni siquiera podemos establecer eso que llaman la cuarta pared, para olvidarse del auditorio. Necesitamos mirarle a los ojos al público, saber qué está sintiendo, y montarnos en esa cuerda”, explica.

Hace más de 10 años, en una de las muchas peñas que abundaban en La Habana, Lavinia escuchó a Juan Carlos Cubas contar un cuento y quedó fascinada. “Yo quiero hacer eso”, dijo, y se inscribió en el riguroso taller de Mayra Navarro. Entraron muchos aspirantes, pero quedaron muy pocos. Afortunadamente, ella era una de las elegidas…

Un poco de Jazz, cuento del libro Más de 100 mentiras, de Ariel Cantero Lobato, fue encontrado por Lavinia cuando buscaba algo que presentar en un concurso de relatos eróticos. “El cuento suele encontrar al cuentero, pero esta vez fue al revés”, confiesa la cuentera, aún excitada por su noche triunfal…

El cuento habla de una mujer poseída por el jazz, que vibra al pulsear del bajo, la cadencia del sex… digo, el saxo… o el azote de la percusión. Hacer de su cuerpo un instrumento musical tocado por virtuosos es la fantasía inesperada de esta mujer, casada y aburrida, que nada sabe de jazz, pero termina confesando que “un poco de vez en cuando no hace daño”.

Concebida como un tributo al fallecido pianista cubano Emiliano Salvador, esta pieza tiene aportes de la propia Lavinia. Por ejemplo, el embrujo comenzaba con la trompeta y terminaba con la batería, pero ella usó bajo, piano, saxofón y tumbadora, que clasificó tras descartar a los timbales (bongoes), porque ya sería demasiado explícito el cuero…

Pese a la acogida de su puesta, Lavinia considera que la narrativa oral en Cuba aún es bastante desconocida, sobre todo en La Habana, pues en los campos es una alternativa habitual a las noches de aburrimiento. “En la capital hay más opciones culturales, el que venga a estos encuentros es porque de verdad le gusta la narración, aunque aquel que la descubre, se enamora de inmediato”, sentenció.

Es como el jazz: si te dejas seducir, ya nada será lo mismo. Juntar jazz y erotismo, y perdonen la redundancia, es una apuesta segura. Y Lavinia la supo jugar…

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